Y aconteció que al ver ella que el manto había quedado en sus manos y que él había escapado afuera,
llamó a los de su casa y les habló diciendo: —¡Mirad, nos han traído un hebreo para que se burle de nosotros! Vino a mí para acostarse conmigo, pero yo grité a gran voz.
Y él, viendo que yo alzaba la voz y gritaba, dejó a mi lado su manto, se escapó y salió afuera.
Ella puso junto a sí el manto de José hasta que su señor volvió a casa.
Entonces ella le repitió a él las mismas palabras diciendo: —El esclavo hebreo que nos trajiste vino a mí para burlarse de mí.
Pero cuando yo alcé la voz y grité, él dejó su manto a mi lado y escapó afuera.
Sucedió que cuando su señor oyó las palabras que le hablaba su mujer, diciendo: "Así me ha tratado tu esclavo," se encendió su furor.
Tomó su señor a José y lo metió en la cárcel, en el lugar donde estaban los presos del rey, y José se quedó allí en la cárcel.
Pero Jehovah estaba con José; le extendió su misericordia y le dio gracia ante los ojos del encargado de la cárcel.
El encargado de la cárcel entregó en manos de José a todos los presos que había en la cárcel; y todo lo que hacían allí, José lo dirigía.
El encargado de la cárcel no se preocupaba de nada de lo que estaba en sus manos, porque Jehovah estaba con José. Lo que él hacía, Jehovah lo prosperaba.
Aconteció después de estas cosas que el copero y el panadero del rey de Egipto ofendieron a su señor, el rey de Egipto.
El faraón se enfureció contra sus dos funcionarios, el jefe de los coperos y el jefe de los panaderos,
y los puso bajo custodia en la casa del capitán de la guardia, en la cárcel donde José estaba preso.
El capitán de la guardia se los encargó a José, y él les servía. Estuvieron algunos días bajo custodia.